Del «vete de tu tierra…», al «necesitas nacer de nuevo»
A nivel global, las familias menonitas y reformadas (Congreso Mundial Menonita – CMM y Comunión Mundial de Iglesias Reformadas – CMIR) han transitado un proceso de diálogo y reconciliación muy fructífero que tuvo su corolario en el mes de mayo, cuando juntos celebramos los 500 años del inicio del Movimiento Anabautista. En ese marco, sumándonos a las actividades que venimos realizando la IAMBA y la Iglesia Reformada Argentina, este domingo 1 de marzo, como cada primer domingo del mes, tuvimos un servicio unido donde el hermano Amán Arriaga —destacado referente menonita mexicano— compartió la reflexión bíblica basada en los siguientes textos: Génesis 12, Juan 3:1-17 y Salmo 121.
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Del «vete de tu tierra…», al «necesitas nacer de nuevo»
Por Amán Arriaga
El itinerario es largo, sinuoso, competitivo, revela emociones, conjuga certezas, advierte desafíos. Seguir la huella de Abram después de la invitación divina ha conducido al cristianismo actual a apropiarse de una cultura que premia el éxito, la meritocracia, el favor divino, el concepto de pueblo único y elegido (Génesis 12:1-4).
En la lectura del evangelio de Juan 3 nos encontramos, al igual que con la lectura de Génesis 12, con textos fundacionales del actual caminar de la mayoría de la iglesia cristiana evangélica. «Dios ama tanto al mundo (Abraham, iglesia) que le concede la bendición de la vida eterna». En esta cosmovisión hemos recitado hasta el cansancio, de manera religiosa, Juan 3:16. Creemos en Jesús como el salvador del mundo, pero nos hemos alejado del requisito previo que él le anuncia a Nicodemo y a todos los que quieran seguirlo: «Te es necesario nacer de nuevo».
Nicodemo representa a la institución religiosa, culta, poseedora de la verdad, afianzadora de la historia del pueblo, elitista, sincera en su acercamiento e interés, pero esquiva en su proceder público.
Juan nos revela un diálogo sorpresivo y cargado de juegos de palabras (nacer de nuevo, entrar al vientre de la madre otra vez, nacer de arriba, del agua y del espíritu).
Entendemos que al nacer todo es involuntario: el nombre, el idioma, el país, los padres, el color de piel, aun la clase social; pero a lo que se refiere Jesús es a la posibilidad de que nos alineemos con la propuesta del reinado de Dios.
No se trata de entrar de nuevo al vientre de nuestra madre, sino de entrar en el reino y verlo todo desde el punto de vista de Dios.
Seguro que Nicodemo, y sus amigos, y mis hermanos en la fe, saben de lo que habla Jesús, han recitado el Salmo 146, el cual recorre un pequeño gran listado de lo que sucede en el reinado de Dios:
«Feliz quien recibe ayuda del Dios de Jacob,
quien pone su esperanza en el Señor su Dios.
Él hizo cielo, tierra y mar,
y todo lo que hay en ellos.
Él siempre mantiene su palabra.
Hace justicia a los oprimidos
y da de comer a los hambrientos.
El Señor da libertad a los presos;
el Señor devuelve la vista a los ciegos;
el Señor levanta a los caídos;
el Señor ama a los hombres honrados;
el Señor protege a los extranjeros
y sostiene a los huérfanos y a las viudas,
pero hace que los malvados pierdan el camino.
Oh Sión, el Señor reinará por siempre;
tu Dios reinará por todos los siglos.
¡Aleluya!»
Hace falta nacer de nuevo, de arriba. Es la respuesta que esperaba el caminante del Salmo 121: «¿De dónde vendrá el socorro?»
Y nacer de nuevo requiere voluntad, coraje, desapego, crisis, traición, saberse vulnerable, reposar en quien protege.
Pero en nuestros contextos en que se sufre la violencia, la injusticia, la discriminación, el genocidio, etcétera, también nacer de nuevo significa volvernos hacia todo aquel y aquella que viven en opresión: la comunidad LGBTQ, las mujeres, los niños, los indígenas, los palestinos, los cubanos, nuestros pueblos con gobiernos totalitarios e inhumanos, y hacernos comunidad, familia con ellos.
Estamos listos para sumarnos a las acciones del Reino de Dios.
Y termino compartiendo un cuento de Tony de Mello:
GRITAR PARA QUEDAR A SALVO… E INCÓLUME
Una vez llegó un profeta a una ciudad con el fin de convertir a sus habitantes. Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba, pero poco a poco se fueron apartando, hasta que no hubo nadie que escuchara las palabras del profeta.
Cierto día, un viajante le dijo al profeta: «¿Por qué sigues predicando? ¿No ves que tu misión es imposible?».
Y el profeta le respondió:
«Al principio tenía la esperanza de poder cambiarlos. Pero si ahora sigo gritando es únicamente para que no me cambien ellos a mí».
Al nacer, el bebé grita y llora, síntoma de que está vivo.
Si hemos nacido de nuevo, sigamos mirando y actuando dentro del Reino de Dios.


