Fe en tiempos de ocupación y apartheid
El domingo 29 de marzo, “Domingo de Ramos”, nos acompañó compartiendo las reflexión bíblica el hermano Anthony Khair, aquí compartimos su mensaje.
Fe en tiempos de ocupación y apartheid
Mateo 21:1–11
Por Anthony Khair [1]
Jesús entra a Jerusalén de la manera más humilde. Monta en un burro como una forma de mostrar su humanidad dentro del pueblo de Jerusalén; él sabía lo que Jerusalén significaba y lo que venía para él en las próximas semanas.
A diferencia de otros emperadores que entraban a Jerusalén entraban a dominar:
Les voy a contar la historia de Wilhelm II, el káiser alemán que visitó Jerusalén en 1898.
Cuando llegó a la ciudad, él quiso hacer una entrada triunfal montado a caballo. Pero había un problema: la entrada por la Puerta de Jaffa era demasiado pequeña para permitirle pasar con su armadura.
Entonces, en lugar de bajarse del caballo (lo cual habría sido un gesto de humildad), ordenó que se abriera una brecha en la muralla otomana junto a la puerta.
En otras palabras, él ordenó que parte del muro fuera derribada para que él pudiera entrar sin bajarse del caballo.
Por otro lado, Jesús vio lo que Jerusalén significaba, y era la afirmación del amor y la misión de la resurrección pagando un alto precio por su testimonio. Jesús, vio la opresión continua del imperio romano y sabía en qué se estaba metiendo mientras avanzaba y lloraba sobre Jerusalén.
En el Evangelio de Lucas 19:41–42 dice:
“Cuando se acercó a Jerusalén y vio la ciudad, lloró sobre ella y dijo: ‘¡Si tú también hubieras conocido en este día lo que te trae la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.’”
El llanto de Jesús no es una pequeña lágrima que cae de su ojo, sino un clamor. Ese clamor no era individual, sino colectivo.
Jesús lloró por la destrucción que venía sobre Jerusalén. Jesús lloró por la violencia y el rechazo y lloro por un pueblo que anhela la paz, pero no puede reconocer el camino hacia ella.
Lloró porque el pueblo pensaba en él como un libertador político. El pueblo pensaba que traería liberación por medio de la revuelta.(Intifada)
Pero no, él traía un mensaje diferente, uno de testimonio.
Volteó mesas, no Imperios.
Expulsó a los recaudadores de impuestos, no a los romanos.
Fue entonces cuando la ciudad comenzó a dudar que él no era el Mesías que podían usar. Sin saber que su mensaje de liberación era una resistencia activa.
Es un espectáculo ético en donde Jesús aparece como un revolucionario externo enseñando a su pueblo lo que es usar el amor como resistencia.
Traía un reino que está encarnado en Jesús, que trae paz y transformación.
En Lucas 19:42 dice: “Si tú también hubieras conocido en este día lo que te trae la paz, pero ahora está oculto a tus ojos.”
El imperio siempre llama a su destrucción “paz”; en los tiempos de Jesús llamaban a esto “Pax Romana”. Le decían al pueblo de Jerusalén que la cruz era necesaria para el orden. Hoy, como todos sabemos, esa misma mentira se sigue usando, proclamando destrucción como seguridad y paz.
Jesús miró este tipo de paz y lloró, porque sabía que la paz construida sobre la profanación de la vida no es paz, sino un pecado continuo contra Dios.
Esto significaba que el reino estaba cerca, pero la gente no lo podía percibir y que Dios estaba actuando, pero la gente no podía verlo.
Los soldados romanos estaban en todas partes y el pueblo estaba en un clamor y lamento continúo colectivo. Por eso, cuando vieron a Jesús, gritaron:
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”
Pensamos que “Hosanna” es una palabra de alabanza, pero en este caso era un clamor: “¡Líbranos!”
Hosanna no es una palabra cómoda. Y no se usa normalmente. Es el sonido de un pueblo que se rehúsa a dejar de actuar incluso cuando todavía está esperando ser salvado.
Jesús lloró sobre Jerusalén entonces – no porque no hubiera esperanza – sino porque el pueblo no podía ver el camino de paz delante de ellos.
Hoy, el pueblo de Palestina grita Hosanna. Hosanna en las alturas, como una forma de liberación. Un grito hacia Dios que dice libéranos de las cadenas del imperio.
Y hoy el mismo burro que transportó a Jesús como refugiado a Egipto, hoy lo lleva a Jerusalén.
“Cuando a Jesús le dijeron que hiciera callar a la multitud, él advirtió que las piedras mismas clamarían. Él sabía que la tierra no puede permanecer en silencio frente a la injusticia. Hoy vemos esta profecía de la manera más literal y trágica: las piedras de Jerusalén, la piedra caliza de Belén y los escombros de concreto de Gaza son los únicos que quedan hablando la verdad. Cuando el mundo guarda silencio, hasta los escombros se pueden oír..”
Mientras tanto las piedras videntes siguen siendo calladas
La historia de la crucifixión nos hace preguntarnos. Esta historia rica, llena de dolor y agonía, es contextual.
Historia del Santo Sepulcro

La última vez que entré en la Iglesia del Santo Sepulcro, miré los íconos en las paredes y el techo, y no pude evitar notar que los soldados en los íconos no se veían como soldados romanos ni como la representación que tenemos hoy.
En el Calvario o Gólgota, dentro de la Iglesia del Santo Sepulcro, vemos íconos post-bizantinos que fueron escritos por pintores anónimos de talleres formados en la tradición bizantina bajo el dominio otomano. El ícono era fascinante, ya que no mostraba a los soldados como romanos, sino como otomanos que conquistaban Jerusalén en ese tiempo (restauraciones posteriores a 1808).
Me pregunto qué pasaba por la mente de los pintores. Intentaron representar a los soldados romanos durante el imperio otomano y todos los soldados parecían otomanos. Incluso Pilato parecía un líder otomano. Esto muestra la contextualidad de la ocupación en tiempos diferentes.
Esto me hizo preguntarme: ¿y si estos íconos se volvieran a pintar hoy? ¿Veríamos soldados israelíes en estos íconos? Jesús seguiría siendo crucificado en Jerusalén, pero los culpables serían diferentes.
Esto nos muestra cómo el contexto de ocupación nunca ha dejado Jerusalén; diferentes gobernantes han llegado montados en caballos con intenciones imperiales. Sin embargo, la llegada humilde de Jesús a Jerusalén mostró un profundo sentido de cuidado por el pueblo que ha estado sufriendo bajo el imperio. Y que hoy está alabando bajo los escombros.
Los mismos soldados que crucificaron a Jesús y lo sentenciaron a morir en la cruz son aquellos que hoy aprietan gatillos y envían misiles a la gente en Gaza y en toda Palestina.
Estos pintores no estaban equivocados; estaban escribiendo teología de la liberación antes de que siquiera existiera.
Escribían liberación antes de Gustavo Gutiérrez, Naim Ateek, Desmond Tutu, James Cone.
Su práctica de contextualizar la historia de la crucifixión era mostrar a Cristo crucificado por el imperio de su tiempo. Hoy, nuestra teología de la liberación ha cambiado para mostrar a Jesús siendo crucificado por el imperio de hoy.
El imperio que trae oscuridad diciendo que es luz.
El imperio que trae dolor diciendo que es seguridad.
El imperio que trae destrucción diciendo que es prosperidad.
El imperio que habla de elección y dice que Dios lo ha proclamado.
La ciudad que proclamó el mensaje de paz nunca ha visto la paz. El llanto de Jesús todavía se escucha en Jerusalén, Belén y Gaza, y en todos los otros lugares que siguen siendo conquistados por el imperio y la hegemonía. Pero se escucha en forma de gritos de los inocentes.
Dios espero que puedas escuchar sus gritos claramente igual que nosotros los escuchamos desde aquí.
Además, la misma ideología de elevar a un pueblo sobre otros y el odio que crucificó a Cristo lo está crucificando una vez más. El imperio continúa crucificando de una manera diferente.
Hoy, en Palestina, por los últimos 3 años parece una crucifixión sin fin. Un pueblo que anhela la resurrección, que anhela la restauración.
Mientras las familias cavan los hoyos de sus propias tumbas, los niños desean la muerte en lugar de la vida, mientras sus corazones tiemblan de miedo segundo a segundo y su sangre preciosa se derrama sobre los escombros de una tierra que ya no es santa.
Quiero invitarlos a que escuchemos los lamentos del Gólgota – hoy el Gólgota no es lo que conocíamos.
La tierra que una vez fue llamada santa se convirtió en un lugar de calvario.
El Gólgota no es solo un pequeño lugar en Jerusalén, sino toda la tierra seca cubierta por las cicatrices del imperio.
La Vía Dolorosa ahora se extiende desde Jerusalén hasta Gaza, o desde Belén hasta Yenín. Cada checkpoint, cada tienda destruida y cada hospital, cada escuela, universidad, iglesia, misquita se ha convertido en una “Estación de la Cruz”.
Mateo 21:1–11 nos recuerda la historia de Hosanna. La historia de la liberación necesitó que un rebelde fuera crucificado para que la salvación tuviera lugar.
Incluso nuestra comprensión de la historia de la salvación necesita ser replanteada.
La historia de la salvación ha sido romanizada. Sin embargo, este evento fue una realidad de ocupación que no nos ha dejado. Hasta hoy, el pueblo lamenta esta Pax Romana que ha permanecido en nuestra tierra por generaciones.
[1] Teólogo palestino y activista en derechos humanos del Instituto Justicia y Paz de Belén (Palestina)

