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La Incompatibilidad Esencial: No Se Puede Ser Menonita y de Derecha

Por Luis Ma. Alman Bornes[1]

Una idea peligrosamente cómoda gana terreno en algunos círculos religiosos conservadores: la noción de que la Iglesia debe ser «apolítica»[2], alejada de las etiquetas de «derecha» o «izquierda». Esta pretensión de neutralidad suele ser una fachada que, en la práctica, encubre un apoyo tácito al statu quo, que es inherentemente político y, con frecuencia, se alinea con agendas de derecha. Para las y los menonitas, anabautistas por convicción teológica, esta supuesta neutralidad no solo es una falsedad, sino una traición a las raíces más profundas de nuestra fe.

El absurdo de la posición «apolítica» se revela cuando examinamos el mensaje central de Jesús. Su proclamación del Reino de Dios fue un acto de inmensa carga política que confrontó directamente los poderes religiosos e imperiales de su tiempo. Decir que la Iglesia no debe tomar partido es ignorar que el Evangelio mismo es un partido tomado: un partido por las y los pobres, los marginados, la dignidad de las mujeres y niñxs y las y los pacificadores. La «apoliticidad» es, en realidad, el disfraz preferido del privilegio que no desea ser perturbado.

En este sentido, es una contradicción insalvable pretender ser menonita y de derecha. La teología anabautista, desde sus orígenes en la Reforma Radical del siglo XVI, se construyó sobre la separación de la Iglesia y el Estado, precisamente porque reconoció que el poder estatal se basa en la coerción, la violencia y el mantenimiento de estructuras injustas. Los primeros anabautistas fueron perseguidos y martirizados precisamente por su negativa a bendecir los poderes terrenales. Ser de derecha, en su definición contemporánea, implica generalmente una adhesión a un orden económico capitalista que explota, a un nacionalismo que excluye y a una doctrina de seguridad nacional que justifica la guerra. Todos estos pilares son anatema para una fe que sigue a un Mesías que desarmó a Pedro, enseñó el amor a las y los enemigos y fue ejecutado por el poder imperial.

Esta incompatibilidad se vuelve tangible y urgente ante los crímenes de nuestro tiempo. La tradición anabautista menonita no puede sino pronunciar un rechazo profético ante el genocidio en Gaza, donde un poder militar sofisticado ejerce una violencia desproporcionada contra una población civil. Hacemos nuestras las palabras del presidente colombiano Gustavo Petro, en la Asamblea General de la ONU «No hay raza superior, no hay pueblo elegido por Dios, no lo son ni Estados Unidos ni Israel, el pueblo elegido por Dios es toda la humanidad». No podemos más que rechazar, como herederos de la Reforma Radical, las violentas teorías del cristianismo sionista hoy muy presentes en el campo evangelical. El silencio aquí sería complicidad con el asesinato masivo, una negación práctica del pacifismo radical que profesamos. De igual modo, las políticas migratorias de Donald Trump, basadas en la separación de familias, la construcción de muros y la demonización del extranjero, son una afrenta directa al mandato bíblico de amar y acoger al forastero, un principio central en la ética de las comunidades menonitas. Más cercano aún, las políticas del gobierno de Javier Milei en mi país, que desmantelan la salud y la educación pública y desprecian sistemáticamente a las y los más vulnerables, representan la antítesis del compromiso anabautista con la justicia económica y la construcción de comunidades de cuidado mutuo. Frente a estos proyectos de muerte, la posición anabautista menonita no puede ser «neutral»; debe ser una de clara y activa resistencia.

Esta tradición anabautista encuentra un eco sorprendente y directo en la Teología de la Liberación[3]. Ambas corrientes comparten una hermenéutica desde las y los oprimidos. La lectura de la Biblia no es un ejercicio neutral; se hace desde la experiencia de las víctimas de la historia. Los anabautistas históricamente leyeron las Escrituras desde su posición de comunidad perseguida, encontrando en el Sermón del Monte un manual de vida radical. La Teología de la Liberación hace lo mismo desde el contexto de la pobreza y la exclusión en América Latina, viendo en el Éxodo y en la práctica de Jesús una opción preferencial por las y los pobres. Ambas teologías rechazan la complicidad con el poder y entienden que la fe sin obras de justicia está muerta.

Esta conexión se profundiza aún más en tierras latinoamericanas cuando observamos la sintonía entre la teología anabautista menonita y la Teología del Pueblo, una variante argentina de la Teología de la Liberación. La Teología del Pueblo valora la espiritualidad y la cultura de los sectores populares, viendo en ellas un lugar teológico donde Dios ya está actuando. El énfasis menonita en la comunidad como el cuerpo de Cristo donde se discierne la voluntad de Dios resuena profundamente con este enfoque. No es una fe individualista, sino encarnada en un pueblo que camina junto, que resiste desde abajo y que construye alternativas de vida frente a los proyectos de muerte impulsados por los poderosos. La idea menonita de una «contrasociedad» o “contracorriente” fiel se alinea con la visión de un pueblo que, desde su fe, genera prácticas de solidaridad, reciprocidad y resistencia cultural.

Por lo tanto, la conclusión es clara: no hay espacio para la ambigüedad. La identidad menonita, fiel a sus raíces anabautistas, es incompatible con la derecha política y sus expresiones concretas en el genocidio, la xenofobia y el neoliberalismo salvaje. Callar ante el horror o pretender equidistancia es tomar partido por el verdugo. Pretender lo contrario es domesticar una fe radical, vaciándola de su poder profético y convirtiéndola en un apéndice más del sistema que debería estar cuestionando. Ser menonita es, por definición, adoptar una postura política de desobediencia ante los ídolos del poder, la riqueza y la violencia, y de obediencia al camino de la cruz, la comunidad y la justicia. Cualquier intento de fundamentar una posición «apolítica» no es más que un fraude que niega el corazón mismo del Evangelio.

[1] Luis Ma. Alman Bornes, padre de Akabi y Charo, miembro de la Iglesia Anabautista Menonita de Buenos Aires (IAMBA). Copresidente del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) y vicepresidente de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Argentina (YMCA). Integrante de la Pastoral Social Evangélica (PSE) y de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Abogado por la Universidad de Morón (Argentina), Diplomado en Estudios de Paz y Trasformación de Conflictos por el Seminario Semilla de Guatemala y la Universidad de Bluffton. Curso la carrera de Capacitación Ministerial en el IU ISEDET de Argentina y actualmente se encuentra cursando la carrera de Licenciatura en Mediación y Transformación de Conflictos en la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

[2]Recomiendo la lectura del “El analfabeto político” de Bertolt Brecht https://www.epdlp.com/texto.php?id2=18258

[3] Daniel Schipani. (1993) Discipulado y liberación: la teología de la liberación en perspectiva anabautista. Ed. SEMILLA

 

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