NO ES PAZ, ES PAX ROMANA
Por Luis Ma. Alman Bornes [1]
El gesto de Corina Machado al regalar y dedicar la medalla del Premio Nobel de la Paz a Donald Trump no es solo un acto de oportunismo político, sino una profunda traición a la memoria de quienes han luchado genuinamente por la paz y la justicia en nuestra América Latina. Es una muestra del servilismo que ciertos sectores políticos adoptan ante potencias extranjeras, buscando legitimarse a través del aval de figuras foráneas en lugar de construir soberanía y consenso entre su propio pueblo.
Machado, al entregar la inmerecida medalla, se la dedico con las siguientes palabras:
«En agradecimiento por su extraordinario liderazgo en la promoción de la paz mediante la fuerza, el impulso a la diplomacia y la defensa de la libertad y la prosperidad».
Esta frase es una contradicción en sí misma y una grave distorsión de la realidad histórica:
«Paz mediante la fuerza»: Este concepto no es novedoso, y nos remite directamente a la Pax Romana. Durante el Imperio Romano, la «paz» se imponía mediante la legión, la crucifixión de disidentes y la aniquilación de culturas enteras. Era una paz para el beneficio de Roma, sostenida sobre la sangre de los pueblos subyugados, el saqueo de sus recursos y la imposición de un orden despótico que cercenaba la autodeterminación. Alabar una «paz mediante la fuerza» es justificar el intervencionismo, las sanciones unilaterales que asfixian a pueblos enteros y la amenaza militar constante como herramientas de dominación.
«Impulso a la diplomacia»: Esta afirmación es grotesca frente a un historial de ruptura de acuerdos internacionales (como el acuerdo nuclear con Irán o el de París sobre cambio climático), el desprecio a organismos multilaterales y una política exterior basada en la imposición y el ultimátum, no en el diálogo respetuoso entre naciones soberanas.
«Defensa de la libertad y la prosperidad»: Quizás la parte más cínica. Bajo esta retórica, Estados Unidos ha promovido guerras (Irak, Libia, por solo tomar algunos ejemplos), apoyado golpes de Estado e impuesto bloqueos económicos que han generado precisamente lo contrario: muerte, miseria y la negación más brutal de la libertad para millones de personas. La «prosperidad» que defiende es la de sus corporaciones y élites, que se enriquecen con los recursos y la mano de obra barata de los países invadidos o sometidos.
Este acto es una muestra de servilismo colonial. Busca congraciarse con quien representa el poder de una potencia que, en su historia reciente, ha demostrado una y otra vez que su intervención en los asuntos de otras naciones rara vez tiene que ver con la libertad y casi siempre con la explotación económica y el control geopolítico.
Cuando Estados Unidos invade o desestabiliza un país –ya sea directa o indirectamente–, el resultado es el mismo patrón: el saqueo de sus recursos naturales, la destrucción de su tejido social, la instauración de gobiernos dóciles a sus intereses y la apertura forzada de mercados para sus empresas. La «libertad» que deja a su paso es la libertad de las multinacionales para operar; la «paz», el silencio de las personas vencidas.
Entregar un símbolo de paz a una figura asociada a políticas de división, amenaza bélica y desprecio por los derechos humanos es vaciar de sentido la lucha por la paz. Es legitimar la doctrina del más fuerte y manchar la aspiración legítima de los pueblos por una paz con justicia social, soberanía y dignidad.
[1] Luis Ma. Alman Bornes es miembro de la Iglesia Anabautista Menonita de Buenos Aires.


