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VIVIR LA FE EN REVOLUCIÓN

En 2009, nuestra comunidad tuvo la inmensa alegría de recibir al Reverendo Raúl Suárez, cubano, pastor bautista, líder ecuménico, fundador del Centro Memorial Martin Luther King Jr. En su vasta trayectoria cuenta su servicio como diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba por tres períodos, cargo que alcanzó gracias al voto del pueblo.

En la actualidad, Raúl, a sus 90 años, es una personalidad reconocida dentro y fuera de su país. En aquella oportunidad, durante su visita a la Argentina, y gracias a nuestra gestión, el hermano Suárez fue el encargado de cerrar la Cátedra de Teología de la Liberación, que organizó el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos – MEDH, en El Olimpo, ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Nuestra comunidad tuvo la bendición de tener a este querido amigo en la celebración litúrgica del domingo 6 de diciembre, guiándonos en la reflexión bíblica comunitaria. Estas fueron sus palabras.

Resumen:
La comprensión y práctica de la fe en el proceso revolucionario cubano unido al ejercicio de la vocación pastoral, constituye no solo un desafío ético y humanista, sino también una experiencia tensa y conflictiva. En este proceso se da una nueva manera de entender y vivir la fe así como la renovación de la pastoral de la Iglesia. Este testimonio incluye el reconocimiento y gratitud por el acompañamiento pastoral y solidario que hemos tenido durante estos 50 años por nuestros hermanos y hermanas de diferentes países, especialmente, América Latina: Por los precursores y padres de las Comunidades Eclesiales de Base y de la Teología de la Liberación.

VIVIR LA FE EN REVOLUCION
Según Eduardo Galeano, re-cordar es volver a pasar por el corazón. Volver la mirada cincuenta años atrás en la historia de Cuba es revivir un proceso que ha sido tenso, conflictivo, agónico, en el cual cada paso significó vivir entre el temor y la esperanza. Creo que esta es la experiencia común de la mayoría de los cubanos y cubanas. Sin embargo, en el caso de un creyente en Jesucristo con una vocación pastoral, que no sólo tiene una comprensión y una práctica de su fe, sino que debe animar la fe de una comunidad, cuando esta pastoral se realiza en un proceso revolucionario socialista la experiencia se hace mucho más significativa, desafiante, a pesar de ser intensamente contradictoria.

Permítanme hacer algunas observaciones históricas antes de continuar este testimonio de cómo he vivido la fe en Revolución. Con la participación de los Estados Unidos en la Guerra iniciada en el año 1895 se inicia la realización de un viejo sueño de los vecinos del Norte: a la fruta madura le había llegado el momento de su caída, justo estaba al caer en las manos que la habían codiciado. A España le era prácticamente imposible sostener a Cuba como Colonia. La Guerra estaba decididamente a favor de los patriotas cubanos, pero los creadores del Destino Manifiesto todo lo habían programado. Cuba debía lograr su independencia, pero atada irremediablemente a los Estados Unidos. Basta recordar las palabras de un importante protagonista del expansionismo
norteamericano, el General Leonardo Wood, en carta dirigida a sus superiores en Washington:

Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda
Platt… y lo único indicado ahora es buscar la anexión… está en lo absoluto en nuestras manos
y creo que no hay un gobierno europeo que la considere por un momento como otra cosa sino
lo que es, una verdadera dependencia de los Estados Unidos… Creo que es una adquisición
muy deseable para los Estados Unidos. La isla se norteamericanizará gradualmente y, a su
debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo…)

Sobran los comentarios. Fue un duro golpe a otro sueño, el de José Martí de una nueva época “con todos y para el bien de todos”. El otrora camino de los peregrinos a Enmaús de los tiempos neotestamentarios se hizo nuestro pesaroso andar. El “nosotros esperábamos… “de los tristes caminantes que no entendían “las cosas que habían sucedido” fue también la amarga frustración en la experiencia cubana.

Lo que resultó inconcebible para el pueblo en general también lo fue para el protestantismo cubano en formación. Porque en la futura República, obra de la Revolución del 95, José Martí avizoraba la necesidad de un acompañamiento eclesial ejercido por una Iglesia nueva, con una reflexión teológica renovada a partir de la vivencia de una fe religiosa que siempre se hace vigente en el progreso de la historia humana; una Iglesia nueva cuyos sacerdotes serían «caballeros de los hombres, obreros del futuro, cantores del alba» a dónde irían a parar «como zorras encadenadas, todas estas Iglesias”. «Esa es la Iglesia nueva, que reemplaza a la que se va».¹

La aspiración martiana tenía fundamento. En el ejercicio de su apostolado había conocido en la emigración a los que hoy llamamos los padres de la Iglesia protestante cubana, nuestros pastores patriotas. En esa época el independentismo llegó a ser la opción que más se identificaba con el Evangelio de Jesucristo. Otras corrientes políticas desde la década del 40 del propio siglo XIX — el anexionismo y el autonomismo como una alternativa a la independencia— habían sucumbido ante la decisión independentista de los cubanos. No hay riesgo de error al afirmar que la obra evangélica y protestante de la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX comenzó con la labor de los pastores patriotas —Pedro Duarte, Joaquín de Palma, Agustín de Santa Rosa, Parmenio Amaya, Juan Bautista Báez, Alberto de Jesús Díaz Navarro, Aurelio Silvera, Enrique Someillán, Evaristo Collazo, Manuel F. Moreno y Manuel Deulofeu, entre otros. Esa etapa marcó un momento importantísimo en la participación del movimiento religioso evangélico y protestante en pro de la independencia y soberanía de la patria sin contradicción alguna. Por esta identidad y compromiso el pueblo llamó a sus congregaciones “Iglesias de los cubanos” frente a lo que por desilusión caracterizaba al catolicismo como Iglesia de los españoles. Estas iglesias crecieron y desarrollaron un liderazgo con hondo sentido cristiano y patriótico.

A partir de 1898 los acontecimientos comenzaron a girar en dirección contraria. Este formidable grupo de patriotas cubanos que estaban al frente de sus respectivas Iglesias fue progresivamente sometido a un proceso de eliminación; su liderazgo en las Iglesias que ellos habían organizado y fundado fue sustituido por el de misioneros enviados por las Juntas de Misiones en el período de la intervención del ejército norteamericano. Generalmente eran Iglesias del Sur e incluyeron las Iglesias de Cuba dentro de lo que ellos llamaban “Home Missions”, Misiones Domésticas lo que ya implicaba una decisión con fuerte olor a anexionismo.

Uno por uno fue sustituido, eliminado, marginado de la dirección de obras que ellos organizaron y fundaron.

Una revisión sumaria de los acontecimientos así lo sugiere: Duarte, uno de los líderes principales de la Iglesia Episcopal de Cuba, tuvo que renunciar debido a falsas e infames acusaciones de dos misioneros norteamericanos; A Someillán, fundador del metodismo cubano, le retiraron los recursos necesarios para el sostén de la familia y para la labor evangélica, al extremo de tener que abandonar su denominación; Alberto Díaz, iniciador de la Obra Bautista en Cuba, fue sustituido por un misionero norteamericano, y la congregación pastoreada por él en el antiguo Teatro Janet fue expulsada de ese lugar; a Collazo no le fueron reconocidos sus méritos como fundador de su Iglesia Presbiteriana: se los atribuyeron a un norteamericano, y el pastor cubano fue relegado a las obras rurales; Deulofeu fue marginado a poblaciones pequeñas por el hecho de haberse declarado socialista. Esta política esencialmente neocolonizadora no perseguía otro propósito que la descubanización de las Iglesias Evangélicas y aplicar la misma estrategia diseñada para la nación cubana. El resultado fue la creación de iglesias de trasplantes, tanto en lo cultural, como en sus patrones estructurales y doctrinales.

En sentido general, y con raras excepciones, estas iglesias crearon un esquema que, como antaño la armadura de Saúl, nos impedía andar en la nueva situación creada a partir del 1ro. . de enero de 1959. Lo más doloroso para nosotros era el hecho de que junto con este esquema nos había llegado la experiencia de fe en Jesucristo que dio sentido a la vida de muchos hermanos y hermanas de las distintas Iglesias evangélicas de Cuba. En el caso nuestro, este esquema bautista sureño significó:

+ Una ruptura con el movimiento de los pastores patriotas que sin contradicción alguna amaron a Dios mientras luchaban por la independencia del país, sin asomo a contradicción alguna.
+ Un divorcio entre fe cristiana y sociedad, con su correspondiente separación rígida entre fe cristiana y cultura cubana, así como entre fe cristiana y realidad social y política.
+ La adopción de una ética puritana ajena a la idiosincrasia del cubano.
+ La asunción de un evangelio ideologizado con el lastre burgués que dejó como saldo un acendrado anticomunismo, lo que nos llevó muchas veces a defender como cuestión de fe lo que sencillamente era una envoltura ideológica.

Inexorablemente, nos resultó imposible andar liviano con los nuevos tiempos que vivía el pueblo revolucionario. Eran tiempos de usar las piedras lisas en el zurrón del pequeño pastor de ovejas y nos impusieron, repito, la pesada e insoportable armadura del rey Saúl. Entonces, iniciamos la aventura tan llena de angustias y temores, porque nos era necesario echar a un lado este fardo pesado y, asirnos fuertemente a la honda de David en el nombre de Yavé, Dios de los ejércitos.

Por otra parte, desde muy temprano fueron apareciendo algunas voces dentro del proceso revolucionario que se iban apartando de una rica herencia crítica revolucionaria a la religión, de la cual, como hemos visto, José Martí es uno de los principales artífices. Para el líder máximo de la Revolución no había dudas de ninguna clase, “José Martí es el autor intelectual de la Revolución”. Esta tradición encontró en el compañero Fidel a uno de sus más consecuentes seguidores, porque como hemos manifestado en otras ocasiones, Fidel ha hecho marxismo al andar. La crítica ideológica a la religión tal como la entendían algunos ideólogos era ajena, no sólo a la historia y la práctica revolucionaria cubanas, sino que también se alejaba de la realidad caribeña y latinoamericana. La crítica revolucionaria nos desafiaba a vivir consecuentemente la fe estrechamente unida a los valores de la patria tales como los padres y forjadores de los pueblos de nuestra América nos legaron. Esta crítica fue sustituida por una crítica manualesca, dogmática e impositiva, que lejos de ayudarnos en la toma de conciencia como iglesia identificada con los intereses genuinos del pueblo, creó traumas que llevaron a no pocos de los nuestros a la emigración, a la amargura y al resentimiento. Esta crítica a la religión llegó a su máxima expresión en la contradictoria fórmula del ateísmo científico creación fundamentalmente estalinista. En la práctica ella significó:

+ Definir la religión como una imagen falseada de la realidad.
+ Considerar las creencias religiosas como una ideología distinta y radicalmente contraria a los intereses de las clases desposeídas.
+ Frente al ateísmo considerado científico, entender la fe religiosa como una actitud retrógrada y anticientífica.
+ Abandonar la tradición de laicidad del Estado cubano para asumir en la práctica un carácter ateísta ajena a la tradición constitucionalista cubana.
+ Considerar la fe religiosa como un asunto privado, y la misión de la Iglesia dentro de los muros de sus edificios de adoración, y por lo tanto, sin espacio para servir a nuestra sociedad. Es justo reconocer que nuestras Iglesias en vez de ver en esta situación un desafío y ofrecer una imagen evangélica de la fe, reaccionaron con la emigración masiva de sus pastores, con algunos intentos de hostilidad y, para la mayoría de los que permanecimos en el país, con una fe vivida en el gheto de los intramuros eclesiásticos. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que el Vaticano II y su expresión mucho más radicalizada en nuestro continente, Medellín, nos llegaron tarde. El primer libro de la Teología de la Liberación llegó a nuestras manos en el año 1975. y a unos pocos. El bloqueo y el aislamiento no sólo fueron económico, comercial y financiero: También hizo más prolongado el desbloqueo y la descolonización teológicos.

La obra de la Revolución a favor de nuestro pueblo pobre, la recuperación de nuestro origen social, las señales que nos llegaban de una nueva reflexión teológica de nuestros hermanos y hermanas de América Latina y una nueva forma de ser iglesia en las comunidades eclesiales de base, nos colocaron en la decisión de no abandonar este pueblo; de iniciar una nueva manera de entender y vivir la fe en Revolución; y de seguir el ejemplo de Jesús, quien por la encarnación “puso su tienda entre nosotros”. En el caso nuestro no fue la toma de una conciencia política la que nos llevó a echar nuestra suerte con el pueblo y con la Iglesia en Cuba, fue la intuición de que el Evangelio de Jesús de Nazaret nos comprometía con los esfuerzos de crear una sociedad más humana y más justa.

Desde muy temprano no sólo descartamos al Norte como la “Zona verde” para los cubanos, sino también el peligro de idealizar y sacralizar a la Revolución. Para nosotros estaba bien claro y definido: Ningún sistema sociopolítico es el Reino de Dios.

Las nuevas experiencias de América Latina pusieron a Fidel en contacto con una nueva imagen de la fe, de los siervos y siervas de Dios y de la nueva iglesia. Desde esas nuevas iglesias llegaron a Cuba sus apóstoles y los primeros escritos que hablaban de la Iglesia en Revolución. Recuerdo aquellas palabras de Fidel en Chile frente a estos “obreros del futuro, cantores del alba”: que formaron parte de aquella experiencia inédita de Cristianos por el Socialismo: “O ustedes han cambiado mucho o yo me he puesto viejo”. Todavía me emociona la honestidad de aquel ministro del gobierno cubano que al regresar de la Nicaragua sandinista nos decía que cuando vio a los creyentes involucrados en las tareas de la Revolución pensó que; o eran falsos cristianos o falsos revolucionarios, y luego de convivir con ellos varios días afirmó: “Son profundamente cristianos y profundamente revolucionarios”. La corona de esta solidaridad fue el libro Fidel y la Religión escrito por nuestro entrañable hermano y amigo Frei Betto.. Todos estos factores, unidos a la oración, nos llevaron a echar la suerte con las Iglesias, nuestro pueblo y la Revolución. Esto implicó iniciar una doble lucha: vivir la fe y la vocación pastoral de tal manera que la Iglesia pudiera comprender que es posible ser revolucionario sin dejar la fe; y a la vez, ser un signo para los compañeros marxistas de que no hay contradicción entre ser cristiano y revolucionario.

En este compromiso asumido hemos tenido la profunda solidaridad de muchos hermanos y hermanas de distintas partes del mundo. En los propios Estados Unidos, nuestras Iglesias homólogas han encontrado una nueva política misionera, donde ya no existen misioneros y misionados, sino compañeros que compartimos la misión; en Brasil tenemos a los nuevos misioneros, signos de la nueva Iglesia; jamás olvidaremos a nuestros hermanos sandinistas conocidos como “ministros de Dios, ministros del Pueblo”.

También es justo reconocer el aliento, la comprensión y la solidaridad militante de muchos compañeros y compañeras, que desde su concepción y su práctica consecuente con un marxismo humanista y martiano nos decían: “firmes y adelante”. Mención especial y cimera para el compañero Fidel, profeta y hermano mayor en esta lucha por la unidad de todo nuestro pueblo. Ahí quedará como monumento a la honradez y al respeto inequívoco a la fe de nuestros mártires aquel indignado discurso del 13 de marzo de 1962 cuando alguien se le ocurrió eliminar del Testamento Político de José Antonio Echevarría su mención a Dios. Sin la moral histórica y decidida participación de Fidel, el clima de unidad y apertura que tenemos hoy no hubiera sido posible.

En este caminar redescubrimos a los mártires profetas de nuestra fe y de nuestras Iglesias: Frank y Josué País, Oscar Lucero Moya-“Mártir del silencio”–, Esteban Hernández, José Antonio Echevarría. En esa tradición, en plena Revolución, siguieron el padre y Comandante Guillermo Sardinas, Raúl Fernández Cevallos, Avelino González, Dora Valentín, María Emilia Armenteros, Clarita Rodés, Raúl Gómez Treto. Aún nos quedan otros, como Moisés Figueroa, Gustavo Hernández, Rafael Cepeda y Sergio Arce Martínez y el maestro René Castellanos.

El ejemplo de estos hermanos y hermanas, el re-descubrimiento de una concepción de Dios y de Jesucristo, un acercamiento radicalmente distinto a la Biblia y una nueva manera de ver a la Iglesia, nos han permitido:

+ Despojar nuestra fe de elementos burgueses como el individualismo, el consumismo, la soberbia, la preoptencia, la competitividad y el fariseísmo moralista.
+ Hurgar en la historia de Cuba y echar a un lado la falsedad de la historiografía que nos quiso casar con la mentira, hasta encontrar a los auténticos forjadores de nuestras Iglesias y sus mejores amigos: el indio Hatuey, primer crítico revolucionario de la religión; Miguel Velásquez, precursor de la Teología Latinoamericana de la Liberación; José Agustín Caballero, el presbítero Félix Varela y Don José de la Luz y Caballero, padres de la Iglesia cubana; y los pastores patriotas, amigos de Martí, de Maceo y de muchos otros revolucionarios del siglo XIX.
+ Establecer la necesaria vinculación entre fe cristiana y cultura cubana, lo que ha significado un enriquecimiento de nuestra vida cúltica: la adoración comunitaria a Dios, dejando a un lado la liturgia anglosajona con su himnología mayoritariamente descontextualizada, ahistórica y con su promoción de una fe impregnada de allendidad; y también asumir la maravillosa y bendecida experiencia mística y espiritual de adorar a Dios desde nuestra identidad cubana, caribeña y latinoamericana. Como bien ha expresado nuestro José Aurelio Paz:

Cómo no voy a poder,
con mi son adorar,
es mi música cubana
y me gusta más.

Y aquella otra estrofa que dice:

Ese rostro largo es falsa comunión,
No es el resultado de la salvación.
Y aunque esté de moda, te lo digo yo,
Que si no sonríes no serás canción.

+ Romper definitivamente con el dualismo pagano entre cuerpo y alma, fe y cultura, amor a Dios y amor a la patria. Establecer la debida y necesaria vinculación entre estas realidades, lejos de debilitar nuestra fe, le ha enriquecido como jamás habíamos experimentado.
+ Deshacernos del falso apoliticismo y asumir la participación política activa, consciente y profética como “el arte de hacer el bien”; y aceptar el compromiso de crear una sociedad justa y humana y alcanzar así aquella bienaventuranza que el propio Jesús llamara: “Vida, y Vida en abundancia”.
+ Compartir nuestra reflexión teológica en Revolución con aquellos hermanos y hermanas que desde un contexto de dominación han desarrollado la teología latinoamericana de la liberación y las comunidades eclesiales de base.

A pesar de los errores y debilidades que podamos encontrar en el proyecto social cubano sigo creyendo en la Revolución, porque la Revolución cubana, no ha renunciado en su prioridad por la justicia social. Tampoco ha renunciado a crear una sociedad solidaria, de hermanos y hermanas iguales. Insiste en ser una alternativa al capitalismo en su expresión más diabólica, el neoliberalismo.

Hoy, en el aniversario 50 de la Revolución, quiero compartir con ustedes una de las oraciones que más he hecho a Dios durante estos años:

Señor, ayúdame a no olvidar mi origen social,
hijo de un trabajador agrícola
y de una madre lavandera.

Ayúdame a recordar siempre que
Cuando mi vida estaba vacía y sin sentido
Alguno, apareció Jesucristo.

Y ayúdame a ser leal hasta el final a nuestro pueblo
y a su Revolución,
Porque le dieron sentido a ni vocación pastoral.

AMEN

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¹ Citado por el Dr. Rafael Cepeda en su libro José Martí, perspectivas éticas de la fe cristiana, pp.
162-163

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